Síndrome FOMO: La tiranía de estar enterado

Hay en este momento síndromes emergentes fruto de la dimensión socio-tecnológica de nuestra vida personal y profesional. Uno de ellos es el síndrome FOMO (acrónimo de Fear of missfearing out ó miedo a perderse algo) que consiste en tener ansiedad por perderse algo. En este continuo “saber algo” para estar enterado nos muestra una enorme desazón por no estar en algún sitio y, además lo peor es saber que si hay alguien que no se está perdiendo algo. Ni comer ni dejar de comer socialmente. Este síndrome genera la continua actualización de tus mails en el Smartphone, esta encadenado al Whastapp, tener que ser original en el twitter del último final de futbol o estar presente en una discusión baladí en tu grupo de Linkedin ¡Uff, que estrés digital! Todavía me acuerdo cuando en mi pueblo llegaba el periódico del día anterior, o las noticias se conocían en el telediario de la 9:00h o que te enterabas de los cotilleos en las fiestas de los amigos ¿Seguro que hemos ganado? Sin duda, estamos en un mundo mejor y con una mayor instantaneidad informativa pero esto necesita de una actitud mental diferente para tener “templanza digital”. Esta nueva competencia de estar en los medios sin ser un medio y querer estar enterado pero sin la ansiedad de estar continuamente a la última, se nos antoja fundamental en esta vorágine de continuo flashes informativos.

 

Como decía el mítico entrenador de baloncesto John Wooden: “Disciplínate a ti mismo y así otros no se verán obligados a hacerlo”, es decir, la disciplina digital para tener templanza. Para incentivar esta templanza digital se me ocurre debatir tres ámbitos; una filosofía de vida, unas habilidades personales y tres competencias “emergentes” fruto de esta mixtura tecnológica que configura la vida actual. Que sin duda se complicará con relojes, teléfonos, google glass y todos los gadgets tecnológicos que se están inventando y, por tanto, debemos incrementar nuestra disciplina digital.

En primer lugar, vamos a hablar de una visión filosófica de la vida. Las redes sociales tecnológicas están para quedarse por su raigambre humana, porque se trata de poder contar tu vida a otros. Hay gente que no comprende que vivir sin contarlo no es vivir como expresa la anécdota del torero Luis Miguel Dominguin que, después de la primera noche de amor con la actriz Ava Gadner. Luis Miguel se levantó de la cama y se disponía a salir. Ella le pregunta ¿A dónde vas ahora? Y él contesta rápido ¿A dónde voy a ir? ¡A contarlo! Contar tus hazañas nimias pero propias es una forma de dar valor a la vida. En las redes sociales y la instantaneidad de la información genera un ecosistema propio para contar tu vida a los demás. Esta filosofía de contar tu vida supone la presión por estar conectado continuamente y en fin, perder el culo por estar a la última. Lo primero, que tenemos que hacer para superar este síndrome es relativizar el concepto de vivir para contarlo, por otro más sibilino de vivir para vivir (a veces lo cuento o a veces simplemente lo disfruto). Las memeces de decir lo insustancial que haces a otros sólo denota la vacuidad de tu vida. Y el misterio de hacer cosas sin tener que decirlo arropa un perfil más interesante de tu vida. Vivir para contar sólo es tan ilógico como sólo contar sin vivir, que a veces me parece que hacen esas personas pegadas al Smartphone y pensando que son importantes por ser los primeros en saber algo que en sí sólo vale por su novedad. El primer paso para tener disciplina que implique templanza digital es contextuar tu vida y lo que cuentas de tu vida en dos esferas interrelaciónales pero independientes. Sin twitter Leonardo Da Vinci podría haber puesto estos 140 caracteres: “Quién de verdad sabe de qué habla, no encuentra razones para levantar la voz”. En segundo lugar, hay que desarrolla una serie de habilidades personales que se desarrollan desde nuestra más tierna infancia. Nuestra historia de aprendizaje nos condiciona nuestra forma de vivir en sociedad, de conseguir refuerzos y de vivir nuestro ocio. En este apartado hay tres habilidades personales que debemos incentivar para conseguir templanza digital:
1. El valor de la comparación social. En nuestro aprendizaje competitivo imbuido desde nuestra Educación Primaria es fundamental compararse con los otros. Si fulanito hace A ó menganito está en X etc., son conversaciones habituales en los entornos familiares y educativos que condicionan nuestra ansiedad a la comparación social. Compararse no es bueno ni malo según que sentimientos tenemos al compararnos.
La ansiedad de la perdida en la comparación o la falsa ilusión en la ganancia son efectos muy relativos. El tiempo vital y la madurez personal nos deben enseñar que comparar cosas diferentes sólo determina engañarnos con datos. Cada persona es un mundo y en sus circunstancias orteguianas puede compararse para saber cómo están pero no debe obsesionarse con los resultados. El tiempo y la edad debe servir para decir lo que expresaba el poeta mexicano José Emilio Pacheco: “Ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años”. Y en la comparación social lo interesante es meter un criterio de claridad, nada es más iluso que forzar la realidad para tener una buena comparación. Stendhal lo indicó cuando dijo: ”El hombre poco claro no puede hacerse ilusiones ó se engaña a sí mismo ó trata de engañar a otros”. Compararse externamente sin relativizarlo sólo nos distorsiona nuestra percepción y nos crea emociones espúreas.
2. La demora de los refuerzos. Siempre recordaré aquellas investigaciones de psicología social con niños que ganaban más caramelos si en vez comerlos esperaban, es decir, sabían demorar los refuerzos. Estas investigaciones clarificaron que los niños que más demoraban comerse los caramelos luego, en un estudio longitudinal de veinte años, conseguían mayores logros académicos y posiciones profesionales. Lo malo de la inmediatez de la información es querer obtener el refuerzo (caramelo) muy rápidamente. Querer ser “trending topic”, el mejor y el más original en dar una respuesta y, ante todo, obtener el aplauso digital de tus seguidores es una ilusión yoica. Aquellas personas que tuvieron refuerzos inmediatos en su historia de aprendizaje están más predispuestas a este síndrome.
3. Vivir tu ocio. Hay gente que no se ha enterado que negocio es el no ocio y que el ocio es el fluir vital. Organizar el ocio y ponerse objetivos en el ocio conlleva a gestionar con una lógica productiva un tiempo improductivo. Hay que estructurar el ocio con tiempo para no hacer nada, para deambular por tu vida con tu familia, tu mismidad y, ante todo, evitar asaltos continuos de tu red social. El ocio bien empleado es el que descansa físicamente y psíquicamente. Vivir el ocio consiste en establecer espacios para fluir, tener la disciplina para tener tiempos sin disciplinas, generar espacios para olvidar las preocupaciones del negocio. En fin, ser disciplinado en tu ocio sin negocio.
Y, en tercer lugar vamos a hablar de tres competencias “emergentes” que surgen en este momento de vértigo digital. Estas competencias son parte de la templanza digital que hemos hablado y son virtudes a cultivar:

1. Desconexión virtual. Saber tomarse tiempo sin estar conectado. No saber que está pasando puede ser un buen misterio vital. Tener momentos perdidos de tu vida profesional seguro que enriquece tu vida personal. Desvariar en tu ocio es el principio de compensación psicológica al agobio de tus urgencias profesionales. Parafraseando a Santiago Ramón y Cajal cuando le dijeron que le habían dado el Premio Nobel por casualidad: “Si es cierto, pero la suerte me sorprendió estando en mi ocio”. Hay que estar desconectado para optimizar tu esfuerzo cuando estas conectado.

2. Fomento de las conversaciones. Hay que utilizar más el lenguaje verbal y conversar (en persona o telefónicamente) con nuestros congéneres. La abusiva expresividad escrita está quitando el valor del lenguaje no verbal. En un proceso de consultoría en una empresa llena de futbolines y redes sociales tuve la experiencia de la incapacidad de reforzar con la mirada de un directivo. Daba feedback a sus colaboradores mira el ordenador e iba resumiendo en mensajes escritos lo que estaba hablando ¡sin mirar! Hay que hablar más, interactuar con personas con emociones en su rostro y gestionar los gestos de su interlocutor. Hablar, mirar, observar y volver a mirar y hablar. Este círculo de conversación es básico en un mundo encerrado en twitter, whastapp, sms, etc.

3. Gestión del tiempo ajeno digital. Tú eres el dueño de tu tiempo pero no del de tus colaboradores y/o de tus amigos. Gestionar el tiempo digital supone informar sin querer respuesta, gestionar tu tiempo para que no te lo gestionen otros. Ya que Voltaire aunque no tenía twitter ya lo dijo con su sentencia que: ”El tiempo es justiciero y pone cada cosa en su lugar”. Tú puedes gestionar la emisión de tu información pero no exigir el tiempo de respuesta. La cortesía digital es una competencia de enorme valor para impedir el síndrome FOMO o riesgos psicosociales virtuales.

 En fin, con una filosofía de vivir para vivir y no para contarlo, y más habilidades personales que nos permitan relativizar la comparación social, el retardar los refuerzos positivos y gestionar el ocio desde la libertad personal tendremos una forma diferente de vivir la ansiedad de saber para no perderse nada.

Y, además favoreciendo unas nuevas competencias de saber desconectarse de lo virtual, fomentar las relaciones personales con lenguaje oral y saber gestionar el tiempo ajeno digital obtendremos la tan buscada templanza digital. Para terminar nada más y nada menos que estudiar el lema de la Universidad Complutense: “Libertas Perfundet Omnia Luce” (La libertad ilumina todas la cosas), para comprender que la libertad de gestionar tu tiempo con responsabilidad y productividad está en la base de la salud mental en un entorno digital. Sin disciplina no tenemos templanza y sin templanza somos un “yoyo” en continuo movimiento por los mensajes de tu red. Os lo juro, yo no quiero ser esclavo de mi necesidad de compartir lo que pienso. Pues antes de tener tanto Smartphone yo digo lo que decía mi gurú Groucho Marx: “Yo lo conocí antes de que fuese virgen”.

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