El mal ajeno no cura el mio: Schadenfreude en redes sociales

En alemán existe un término que hace las delicias de los psicólogos, es el Schadenfreude, para designar una alegría mr-schadenfreudevergonzosa, alegrarse por el sufrimiento de los demás. Este placer que se siente por la desgracia ajena tiene enormes dividendos psicológicos para las personas. Nadie está libre de esta alegría, insana socialmente pero enormemente útil a la hora de construir nuestra autoestima. Sabemos que nuestra vida emocional se basa en la comparación con los demás, y nos hace que cuando salimos mejor en la comparación social potencia nuestro autoconcepto. Homer Simpson que es una versión exagerada pero realista de todos nosotros, hace Schadenfreude en multitud de capítulos. Alegrarse del mal ajeno no cura el mío, pero nos sirve para aumentar nuestro nivel de resilencia. El regodearnos con las desgracias que aquejan a otras personas está en todas las redes sociales, y siempre que leo algún comentario odioso o de ira me planteo el nivel de autoestima del que lo emite. Todos los seres humanos experimentamos esta sensación, si no que se lo digan a un “merengue” cuando pierde el Barça, o al revés, a un “culé” cuando pierde el Real Madrid. Los experimentos que hizo Paul Krugman (Premio Nobel del 2008) con unos voluntarios que deberían estimar sus sueldos, quedo claro que no les importaba tanto lo que les pagaran, sino lo que les producía más placer es que los demás ganaran menos.

El psicólogo Dan Ariely señala que la alegría por el fracaso de los otros se debe a razones evolutivas. Nos dice que nuestro cerebro necesita establecer continuamente comparaciones sociales. No podemos  evaluar las acciones como buenas o malas en términos absolutos, necesitamos ver como les va a los demás. Por tanto, sería un éxito adaptativo mostrar alegría por el mal ajeno. Otro psicólogo Richard H. Smith ratifica que conseguir algo mejor que tu competidor más cercano tiene una raíz evolutiva, pero indica además que el placer de ver fracasar a las personas de un estatus más alto también tiene una función adaptativa, sentirse que puedes ganar aunque el otro tenga mejor posición incrementa tu capacidad personal.

Pero esta alegría que tenemos al ver caer a algún poderoso o hundirse a alguna persona que tenemos inquina, siempre la juzgamos injustamente como bien tratada por la fortuna. Otro refrán castellano refleja este placer “A cada cerdo, le llega su San Martín”. Este Schadenfreude por tanto está relacionado con la envidia pero fundamentalmente como el proceso adaptativo de nuestro autoconcepto, los réditos de la comparación social todavía se agranda en esta era de las redes sociales o telerrealidad social. Los americanos acaban  de acuñar un término nuevo LULZ que alude a la satisfacción de ver sufrir a los demás en la nube. El rebaño digital nos lleva de paseo por el lado oscuro de la Red, que con su anonimato propaga el odio. La emoción que se propaga con mayor rapidez por las redes sociales es la ira, como dice el psicólogo Ryan Martín de la Universidad de Wisconsin (EEUU) el odio es más viral que la alegría, porque somos más dados a compartir con desconocidos la indignación que la dicha.

Esta cultura del “selfcentrismo” como modo de vida nos lleva a estar constantemente en búsqueda del último tuit viral, pero al fin y al cabo, lo que declaramos es la vacuidad de nuestra vida y necesitamos ansiosamente la desgracia ajena. En su libro “Internet no es la respuesta” de Andrew Keen dice “Aunque nos parezca que a través de Instagram estamos mirando el mundo, es él quien nos mira y nos valora a nosotros”. Es decir, el Schadenfreude dice mucho de nosotros y del cruel dicho digital, “Si no tuiteas, no existes”,  pasaríamos a este otro dicho “si no te ríes del mal ajeno, no estás en las redes sociales”. Me repugna ver como inoculamos odios a toreros, a errores, a descuidos corporales, a ideas diferentes etc… Creo que tendríamos que hacer una reflexión para sin criminalizar el Schadenfreude contrarrestar el contagio viral para evitar olas de odio e ira en las redes sociales. En  multitudes de negociaciones sindicales he podido observar situaciones de alegría por el mal ajeno, pero siempre existían unas normas o protocolo social de comportamiento para evitar desbordamientos emocionales. A la falta de filósofos digitales hay que armonizar principios , criterios de actuación y reglas de comportamiento para evitar que la caja resonancia que supone las redes sociales convierta la anécdota en categoría de desclasificación. Creo muy útil un protocolo de comportamiento que he podido ponerlo en marcha en procesos de reconocimiento de empleados. Este breviario de comportamiento se resumiría en cinco principios:

  1. Lo que dices a una persona al tomar un café no se puede decir en la red. Creemos que debemos ser auténticos, sinceros pero las condiciones de comunicación son diferentes. Nuestro mensaje no sólo lo va a escuchar la persona a la que nos dirigimos, sino todo el coro griego, que tan gráficamente expone Woody Allen en sus películas, que van a hacer eco y matiza nuestros pensamientos. En las culturas idiocéntricas (como dice Greet Hofstede) donde la competitividad se percibe como una forma de vida vamos a compartir el comentario más hiriente posible. No tendremos que hacer eco a las conversaciones personales. Utiliza el teléfono y se lo dices, y no lo compartas en Facebook. Decía Marilyn Monroe “Sería maravilloso disfrutar el éxito sin ver la envidia en los que están a su alrededor”. En muchas ocasiones, la persona que emite el mensaje no manifiesta un sentimiento de envidia, sino que todo el coro que lo matiza, sugiere y destaca por la radicalidad de su comentario. Más teléfono personal que redes sociales en caso de debates interpersonales.
  2. Tener razón no significa ser el último en comunicar. Este defecto en la red social es más acuciante. Las retahílas inmensas de whatsapps, las disculpas convertidas en sucesivas interpelaciones llevan a tener que rebuscar argumentos, y a veces, acabar en insultos por incapacidad de expresar la frustración. Hay que evitar la sucesión continua de mensajes autojustificativos que no son clarificadores. Dice Joe Dispenza, gran neurólogo, que los humanos somos seres de costumbres. Tenemos de 60.000 a 70.000 pensamientos diarios, pero el 90% de ellos son exactamente los mismos que los del día anterior. ¡Cómo vamos a ser más originales por repetir lo mismo! Hay que evitar lo bucles comunicativos continuos que deteriora la calidad del mensaje. Muchas veces nos encaprichamos en ser el último para justificar nuestra razón, cuando sólo podemos conseguir la desidia del agotamiento. Hay un pensamiento de Groucho Marx que siempre utilizo cuando me siento incomprendido en mi comunicación y que decía “Si un día te sientes inútil y deprimido, recuerda que fuiste el espermatozoide más rápido de todos…” y no fuiste el espermatozoide más latoso, no es cuestión de repetir el mensaje sino ser el primero en decirlo.
  3. Evitar atribuciones personales y sólo valoraciones de conductas. Hace mucho tiempo mantenía que no hay personas buenas y malas, sino personas que habitualmente hacen conductas buenas y otras que hacen conductas malas. Aunque la historia personal te lo pone difícil, a veces hay que dar oportunidad para que te sorprenda la realidad. Atribuciones personales en la red social posibilita la entrada de juicios de otras personas que no se refieren a las conductas concretas y que sirve para generar un caldo de cultivo de reproches personales. No hay que calificar a las personas sino apreciar las conductas de las personas. Estamos de acuerdo que aquí sale nuestra educación más profunda, y hay que  intentar evitar epítetos y justificarlo por condicionales. Decía Umberto Eco que “Educación es lo que nos enseñaron nuestros padres cuando no estaban queriendo enseñarnos nada”, es decir, la forma de relacionar los hechos y evitar etiquetas personales responde a nuestra profunda educación. Es seguro que el Schadenfreude sirve para nuestra autoestima pero también demuestra nuestro nivel de educación a la hora de valorar a las personas. En las redes sociales hay que describir y narrar acontecimientos y no etiquetar con epítetos calificativos a las personas que actúan en el acontecimientos.
  4. Evitar volcar a la red social a la persona. Todos los que nos hemos dedicado a la enseñanza sabemos la táctica frente a una pregunta ponencia de un alumno que es inadecuada, lo mejor es preguntar al resto de la clase. ¿Cuál es vuestra opinión?. Con esta maniobra volcamos al grupo cuando la persona que está haciendo una conducta inadecuada. Volcar al grupo se puede hacer mucho en la red social, pues la técnica nos posibilita dejar a la opinión generalizada un hecho que tiene un ecosistema determinado desconocido por lo demás. El anonimato de la red y su posibilidad de volcar juicios sin tener los “ojos” de sorpresa del que lo recibe, pues no lo sentimos al desconocerle ó no conocernos el entorno de la conducta en particular. Hay un término en inglés que se ha puesto de moda en las discusiones del micromachismo social, que es Mansplaining (contracción del inglés “hombre” y “explicar“) y se refiere a las conversaciones insultantemente pedagógicas que un hombre explica a una mujer, que como si fuera tonta le explica lo que es un fuera  de juego en el fútbol o la necesidad de la competitividad en las ventas. Este término suele aparecer mucho en la red, donde una de la parte de la discusión asume el rol de “experto” que enseña al otro, iluso ignorante, y como dice la feminista Rebecca Solnit que el término Mansplaining genera la reacción del grupo en dos bandos, aquellos que se asimila al “profesor” y le apostilla crucificando al oyente ignorante y por otra , la persona del grupo o de la red que se sitúa en el lado del iluso y ataca la prepotencia del otro. En fin, que la red social es un eco que agranda el odio más que la bondad, que quiere más el mal ajeno que el bien propio.
  5. Obviar el arrastre de odios ajenos. Sabéis que los pescadores franceses a veces utilizan el arrastre pelásgico, que son redes de malla a la deriva que arrastran todo tipo de pescado, incluso los que no son comestibles. A veces en las redes sociales, hay arrastres de odios en las conversaciones entrelazadas frente a un acontecimiento. Incluso, en algunas ocasiones lo que hay son grandes bolas de odios diversos conectados  por la ocasión que se han ido retroalimentando en sucesivas interacciones virtuales. Y todo sin tener el componente de lenguaje no verbal, solamente la rigidez de los emoticones, que permite matizar, desconsiderar y destruir juicios ajenos interconectados con situaciones reales. Como decía Billy Cristal en la gala de los Oscar “Caballeros, ponga en marcha sus egos”, las conversaciones compartidas en las redes sociales se convierten en una amalgama de odios y egos revueltos.

En fin, tengo la impresión del buenísimo de estas normas de comportamiento social virtual que pueda quedarse simplemente en moralismos analógicos. Lo difícil es tener un ecosistema que pueda generar una estructura de la relación social , hasta ahora el Schadenfreude existía, nos servía como comparación para crecer en autoestima, todos nos hemos alegrado del mal de las personas “idílicas” (que hacían más humanos  a los héroes sociales), pero la irrupción de la telerrealidad con la búsqueda del cotilleo con eco social ha generado una oportunidad del convertir esta alegría en un virus contagioso al compartirlo con extraños. No es que haya más envidia, o más Schadenfreude sino que lo que hay es un entorno social que agranda, distorsiona, y a veces malicia a través de sus propios comentarios.  Lo que se hacía en privado o en circulo muy restringido pasa a ser compartido socialmente, por tanto, sin poder controlarlo como lo hacíamos antes. Los principios que hemos enumerado son de sentido común. Saber que lo que se dice en la red no tiene privacidad personal, el meterse en infinitas replicas, el calificar a las personas y no centrarse en sus conductas, el hacer que el eco social incida en la comunicación y el no evitar el arrastre de odios de todo el grupo, no dejan de ser principios de salud virtual.

Para terminar este artículo tengo que indicar que la necesidad evolutiva de tener Shadenfreude no es mala per se, pero sí su divulgación en redes sociales, que puede generar una cascada de envidias, odios e iras que se contagia víricamente en las conversaciones en la red social. Por eso necesito contaros un experimento, de la Universidad de Duke (USA), donde el psicólogo Dan Ariely y su equipo estudiaron la deshonestidad. Este experimento se denominó Matrix y participaron más de 40.000 personas. Proponía resolver 20 problemas matemáticos sencillos pero no daba el tiempo que se necesita para resolverlos. Al cabo de 5 minutos invita a dejar el papel y el boli encima de la mesa y cada cual tenga su ejercicio. A continuación van preguntando uno a uno cuantas respuestas han acertado, informado de que: 1) por cada respuesta acertada te dan un dólar y 2) nadie comprueba tu ejercicio (te dicen que te levantes y tú mismo lo metas en una trituradora de papel).

La realidad es que ha trucado la trituradora de manera que trituraba los márgenes pero mantiene intacto el cuerpo del folio. El 70% hizo trampas. Sólo 20 de los 40.000 aseguran haber respondido correctamente los 20 problemas. Son los grandes tramposos (era imposible). Pero hubo otros 30.000 pequeños tramposos que inflaron sus aciertos, que aprovechan la ventaja de ser deshonesto (se llevaba más dólares) sin dejar de ser buenas personas porque nadie lo iba a saber. El anonimato de la red hace crecer nuestra deshonestidad, y queda claro, que aprovechamos las circunstancias, para conseguir más réditos personales de autoestima por criticar al ajeno. Pero esta inflación de autoestima virtual es irreal, porque al final nuestro autoconcepto necesita de resultados reales. ¿Cuántos irrelevantes en el trabajo se han convertido en opinadores profesionales en la red?.Siempre que veo un twitter con Schadenfreude inespecífico y ajeno al momento me entristece reconocer que hay tanta gente que necesita mayor autoestima. Creo en ser libre al opinar y no convertirnos en esclavos de nuestros exabruptos. Ya lo decía Foucault y que yo aplico a las redes sociales “Ironía del dispositivo al someternos nos hacer creer que somos libres”. Y por si acaso, soy más libre hablando más a las personas y evitando enviar mensajes limitados no sólo por los 140 caracteres sino por su repercusión en el grupo que los puede ver. Hay temas personales que no se pueden someter al escrutinio social inapelable. Más cafés y menos Instagram.

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