Inteligencia colectiva, generosidad individual

generosidadEn épocas de cambios colectivos y personales debemos pensar en la necesidad de mantener una inteligencia colectiva superando la visión estrecha de astucias personales. Más allá de preguntarnos qué tal nos va a nosotros en una crisis, debemos reflexionar sobre que la inteligencia colectiva debe imperar a la hora de afrontar los cambios sociales necesarios. E igualmente tenemos que defender que una solución colectiva necesita de micro conductas de generosidad individual. Es decir, de nada nos sirven los esfuerzos colectivos que no se basen en el esfuerzo individual de los miembros desde una perspectiva generosa. Hay que saber ser “membrencïa”. Ser miembro de una sociedad implica tu parte alícuota de esfuerzos en momentos que son necesarios y mantener la racionalidad que representa una inteligencia colectiva.

Todo el mundo ansía ser líder, poco queremos destacar sintiendo el orgullo de ser miembro de una sociedad en cambio. Esto no significa un buenísmo misionero sino ser inteligente para saber que los cambios sociales necesitan de la generosidad personal y no pensar qué generosa tiene que ser la sociedad y qué inteligente soy yo particularmente porque me va bien en la crisis. Siempre recuerdo la frase pragmática de Antonio Machado: “Donde hay vino, beben vino, donde no hay vino, agua fresca”. En épocas de agua no necesitamos summeliers. De ahí la importancia de los políticos, líderes sociales, empresariales y sindicales de clamar un mensaje con inteligencia colectiva y generosidad individual.

Y en esta reflexión me surgen cuatro actitudes que debemos tener en nuestra conducta individual, más cuando tenemos responsabilidades determinadas, que pueden ir desde una Comunidad de Vecinos hasta un Consejo de Administración de una empresa e incluso simplemente siendo padres. No depende del cargo, sino del estilo de dirección en épocas de esfuerzos colectivos e individuales. Las actitudes son:

  1. Actitud de ejemplarizar. Hay dos términos en castellano diferentes, uno es ejemplificar (poner un ejemplo) y el otro es ejemplarizar (dar ejemplo). Nos referimos al “dar” un ejemplo en tu gestión por pequeña que sea. Ya no sólo debemos trabajar bien, sino ser un ejemplo de conducta. Me preocupa la falta de “héroes cotidianos” en nuestra sociedad, en este sentido nos decía Confucio: “Qué el soberano actúe como soberano, el ministro como ministro, el padre como padre y el hijo como el hijo” . Esta niebla continua de corrupciones de alta y baja frecuencia han generado una desconfianza social. El que ocupa un cargo tiene el peso del famoso adagio “del que se lleva”, antes de pensar que su conducta puede ser un ejemplo. Pero la existencia de la corrupción no es endémica, no es algo que no podemos cambiar. El principal error está en lo categórico del diagnóstico siguiente: “En España siempre ha habido y hay corruptos, a las pruebas me remito”. Pues no, hay multitud de microlíderes sociales que reivindican el querer dar ejemplo y que intentan huir de grandes autobombos, pero que luchan por hacer bien lo que tienen que hacer. Siempre recordaré a aquél empleado de una gran empresa que tras negociar un ERE, fue al día siguiente a barrer la nave de la fábrica y frente a mi pregunta: ”¿por qué?”, él simplemente me dijo que porque era su obligación, que si ayer me había increpado como Director de Recursos Humanos en una asamblea, hoy venía a cumplir con su ejemplo. Ejemplarizar es una actitud que tiene lo que los psicólogos llamamos “efecto hipodérmico”, que lo hemos estudiado mucho por los efectos de la violencia expuesta en los medios de comunicación. Igual que las escenas violentas tienen una causalidad mecánica en las conductas violentas del espectador, el ejemplo diario tiene un efecto directo en la generosidad individual. Un gran filósofo como Michel de Montaigne nos decía: “Cada cual ha de jurarse a si mismo lo que los Reyes de Egipto hacían jurar solemnemente a los jueces: que no se desviaran de su deber cual fuere la orden que ellos mismos les dieran”. Tener jueces internos que nos indican que el dar ejemplo es una gran aportación actual a la crisis. Ser un buen profesional en lo personal y una gran persona en lo profesional. Quiero ser rebelde por ser ejemplar y no destacar por mi astucia a la hora de “capear” la crisis. Quevedo lo decía más simplemente: “No se gana a los hombres con favores sino con obras”, ser un ejemplo es un activo social.
  2. Actitud de fraternalidad. Aunque yo soy unigénito siempre me ha gustado ver el amor fraternal. Ese sin ti pero contigo, esa mezcla de amor y odio que genera una relación entorno al nido. Evitando situaciones de favoritismo que a todos los padres nos preocupan, hay que saber generar un sano amor fraternal. Martin Luther King nos indicaba: “Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no a vivir como hermanos”. Ser hermanos implica tener esa solidaridad o amor de fondo de que cualquier persona es un fin en si mismo y nunca es un medio. Debemos tener una actitud fraternal que implica que por el bien de la relación debemos adaptar nuestro individualismo al del prójimo. No significa renunciar a nuestro ser, sino alegrarnos y compartir los éxitos ajenos. Debemos preconizar los éxitos sociales y obviar los lógicos intereses diferentes. Hay que ser inteligente para pensar en grupo y ceder en lo particular. La actitud bifocal entre el interés común (inteligencia colectiva) y el interés particular (generosidad individual) es lo que se aprende en una relación fraternal bien construida. No podemos conseguir acuerdos de confianza y compromiso en nuestra empresa sino partimos de dar nosotros confianza y estar comprometidos. Para empezar a recibir, se debe de acabar de dar. Aunque toda relación fraternal deba ser un caldo de cultivo de la diferencia también es un microejemplo de nuestra inteligencia colectiva. Ya indicaba nuestro querido Groucho Marx: “De entre mis hemanos, yo siempre fui el preferido. El preferido por mi madre para decir, haz·esto, haz lo otro, vete a por aquello…”. El saber ser hermano implica actos continuos de generosidad para mantener la inteligencia de la familia.
  1. Actitud de la prudencia. Hay un término griego (no tendrán dinero pero tuvieron sabiduría) que siempre me ha gustado que es la Phronesis que es la capacidad de deliberar rectamente sobre lo que es bueno en las tomas de decisiones y su ejecución práctica. Algunos la identifican con la prudencia y la sensatez, y que a mi pragmatismo palentino le lleva a pensar en lo importante de la ejecución práctica en la sensatez de una actuación. No creo que sea interesante sólo pensar en la bondad de la solución sin tener en cuenta su aplicación. Muchas veces hablamos de lo que habría que hacer sin pensar en lo que podemos hacer. La prudencia en lo práctico demuestra inteligencia colectiva, no decir que vamos a hacer sino lo que no podemos hacer, pero a la vez de ser generoso hay que generar las expectativas justas y necesarias. En momentos como los actuales, no hay que caer en UTOPÍAS – ARCADIAS, es decir, soluciones mágicas e idílicas sino en UTOPÍAS –CHURCHILL, es decir, sangre, sudor y lágrimas antes de llegar a una nueva situación. La adversidad tiene su mejor antídoto en la prudencia a la hora de tomar decisiones. No son momentos de grandes ideales transatlánticos sino de humildes conductas “pateras”. Las pequeñas generosidades basadas en la prudencia generan grandes dosis de inteligencia colectiva.
  2. Actitud de mejora personal. En una ocasión le preguntaron a Francois Mauriac, premio Nobel de Literatura, quién le hubiera gustado ser y él respondió “Moi, même, mais reussi” (Yo, pero, logrado), es decir, una versión mejorada de mi mismo. Es el momento de sacar nuestra versión mejorada personal. Lo mejor de ti mismo en situaciones que pueden reclamar lo peor de ti mismo. La actitud de mejora personal es fundamental en momentos de confusión y de escasos referentes externos de valor. Es un gran momento para trabajar tu equilibrio de bienestar personal. El trabajo en tu desarrollo personal desencadena como una precipitación química tu generosidad individual. Y la suma de personas en continuo perfeccionamiento personal genera un alto nivel de energía e inteligencia colectiva.

En fin, pensar en lo grande (sociedad) implica trabajar en lo pequeño (individuo). Son tiempos para tener conductas ejemplares, fraternales, prudentes y de sacar nuestra mejor versión personal. Estoy seguro que esta bifocalidad de actuación honesta en nuestro ámbito personal posibilitará multitud de pequeñas sinapsis de “generosidad” que nos permitirían tener una mayor inteligencia como sociedad. Esta reflexión también nos viene del Taoismo, el Tao como camino o principio de nuestra conducta moral. Y los maestros taoístas no dicen que el tao es tan grande que no tiene fin y tan pequeño que nada se le escapa. Por esto es omnipresente en todos los seres. La grandeza de lo pequeño y la pequeñez de lo grande. El futuro de la sociedad en estos momentos difíciles se debe basar en la grandeza de las pequeñas conductas de sus miembros. Ser un ejemplo de profesional, no querer perjudicar a nadie, ser prudente en las consecuencias de nuestros actos y, ante todo, preguntarnos constantemente: ¿Qué quiero ser de mayor?, o mejor contestarnos: ¿Qué no queremos ser de mayor?

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