Cultura Slow y el arte de hacer vacaciones

vacacionesTras un  intenso periplo de trabajo con una enorme carga de ansiedad por los sobresaltos de una palabra denominada crisis, es el momento del descanso.

 Si nos hubieran pagado un euro por cada vez que hemos escuchado dicha palabra seguro que podríamos permitirnos unas buenas vacaciones. Pero como decía Ramón Pérez de Ayala “cuando la estafa es enorme toma un nombre decente”, hoy día la palabra decente es la de el mercado. Es como el destino de las tragedias griegas, es quién nos lleva al abismo sin saber porqué y debemos rogar que lo podamos entender porque parece que toda la culpa la tienen los mercados, pero ¿quién son los mercados?

Como vemos, la incertidumbre de estos últimos meses nos lleva a plantear que debemos pensar seriamente en cómo vamos a tomar las vacaciones. Las vacaciones son necesarias por su valor profiláctico, la tensión permanente de agobio nos genera el alejamiento a las soluciones creativas, a los problemas, y necesitamos recobrar la serenidad. T.S. Eliot decía que “hay un tiempo para la siembra y un tiempo para la cosecha, un tiempo para el trabajo y un tiempo para la celebración”. Y estos ciclos vitales de la naturaleza reflejan la importancia de acompasarnos a distintos momentos para obtener una lógica de actuación en un futuro. Necesitamos vacaciones para seguir batallando contra el dragón llamado mercado, que no es un ente económico sino político, ya que se convierte en la excusa perfecta para acabar cualquier discusión porque “Lo dice el mercado”.

Pero ¿en qué tipo de vacaciones debemos pensar? Como decía Fray Luís de León “de pobrecilla mesa y de amable paz”. Las vacaciones son tiempo libre, no planificado, que nos sirve para “holgar” como se decía en castellano viejo. No podemos caer en una situación de estrés para gestionar nuestras vacaciones, tenemos que recobrar aquél sabor de las vacaciones escolares, donde te perdías en los días y no sabías en qué día vivías. En época de turbulencias necesitamos saber hacer vacaciones;  recordar que son un descanso para vivirlas como un tiempo de lentitud; recobrar el sabor de los pequeños detalles vitales; disfrutar de aquellos pequeños placeres que son herramientas de bienestar (el desayuno lento, el frescor de la mañana, el aperitivo largo, la prolongada siesta, el paseo sin sentido, la lectura hasta altas horas de la noche,…). Esta forma de hacer vacaciones es cultura “slow”: hay que sentir y percibir de una forma diferente el tiempo, con la pausa del roce de las horas y con la alegría de toda ilusión sin tiempo preestablecido. Pero esta cultura slow de vacaciones tiene sus enemigos, que últimamente me encuentro en nuestra forma de vencer a la crisis. He identificado cuatro enemigos:

  1. Enemigo mental. Parece ser que en crisis sólo podemos estar preocupados por salir de ella. No hay nada peor que aquellas personas que no saben que dejar de preocuparte por un problema, te sirve para coger distancia del mismo. Mucha gente en mala situación laboral tiene tal ansiedad y culpabilidad que no puede estar de vacaciones, no sabiendo que unas higiénicas vacaciones de no hacer nada, pueden ser el principio de una solución. Hay que pensar que no por mucho preocuparse se va a solucionar su problemática. Hay que ocuparse cuando sea oportuno y no preocuparse antes de tiempo. La higiene mental necesita de “holgar” en tiempo y vivir de forma diferente al tiempo de trabajo. En muchas ocasiones, la relajación y la divagación mental de unas buenas vacaciones sirven más que la obsesión de una búsqueda sin cuartel. Pensar en abierto centrándose en ser una persona en vacaciones es un consejo muy útil en momentos de crisis. Cuando mayor es la crisis,  más necesario se hace una cultura slow.
  2. Enemigo tecnológico. Cuando yo era pequeño, había un solo teléfono  en mi pueblo y éramos muy felices en vacaciones. El encadenamiento a la tecnología, a saber la última noticia, a esperar el sonido de entrada de un nuevo mail, es aprisionar nuestra interesante pérdida de tiempo en vacaciones. En USA se habla del proceso de “TECHING” que es un proceso de desintoxicación de la tecnología, que invita a un ayuno temporal con el objetivo de frenar el ritmo y que nos sirve para recapacitar sobre la invasión tecnológica y los efectos que tiene sobre las relaciones personales. Hay que saber que quitar a un joven el móvil puede generar un síndrome de abstinencia. La cultura slow nos lleva a olvidarnos de la conexión tecnológica. Disfrutar de un atardecer sin contarlo necesariamente en la red social. Hay que volver a la lentitud del no tener noticias. A ver si cuando se vuelva de vacaciones le ha dado un infarto al malhadado mercado.
  3. Enemigo empresarial. Es lícito que las empresas de ocio te quieran organizar tu tiempo para que veas más cosas en menos tiempo. Pero, digo yo, donde está la felicidad por haber visto Roma en un día. Hay que evitar caer en las fauces de la lógica de la productividad en nuestro tiempo de holgar. Hay muchas formas de manifestar la felicidad, pero creo que la planificación de tus vacaciones genera una situación anómala de estrés. Hay vacaciones que te cuentan y ya estás sudando mientras te las cuentan. Es tiempo de informalidades, de tiempos personales, de evitar compromisos inútiles y, ante todo, de ver pasar el tiempo sin hacer nada. Eso es inocular anticuerpos para tu futura lucha contra ese fantasma llamado mercado.
  4. Enemigo psicológico. Otro enemigo de las vacaciones son los famosos “síndromes” de psicología barata. Aquellos que nos dedicamos a la psicología nos parece inadecuado poner tanto nombre de síndrome a simples situaciones de “disconfort”. El “disconfort” no es malo ya que si no lo conocemos no sabemos cuando llegamos al confort. Hace años me hicieron una entrevista donde en plan irónico dije que tenemos tres síndromes en las vacaciones: el síndrome del desenganche del trabajo (a principio de las vacaciones), el síndrome de la disonancia cognitiva de las vacaciones (he elegido buenas vacaciones) y, al final, el síndrome postvacacional (no quiero volver a  trabajar). De tanto analizar la realidad tenemos aquello que queremos tener. No hay que pensar en cómo nos sentimos, sino sentirnos libres para disfrutar de nuestro tiempo sin prisa, saboreando cada paso del día.

En fin, hay un arte de hacer vacaciones donde nos liberamos de la responsabilidad de nuestro rol en el trabajo, donde la tecnología sea muy ocasional, donde la planificación hable por su ausencia y donde no pensemos en cómo se pasa el tiempo sino en emocionarnos. Holgar para pensar, fluir en cada momento es una gran filosofía de vacaciones.

Y, para acabar una frase de un gran autor, maestro de periodistas, cuyos libros están traducidos y os recomiendo fehacientemente su lectura este verano. Se trata de Gay Talese y nos dice: “ de vez en cuando es agradable ser otra persona”, porque  en las vacaciones debemos ser diferentes. Los agobios, la ansiedad, las preocupaciones, hay que dejarlas que descansen porque en caso contrario, no desaparecerán. Hay que coger distancia a los problemas para que tengan su verdadero enfoque.

 Yo de entrada no pienso leer ningún libro de recursos humanos y no sé que voy a hacer. Lo que sé es que voy a oler, mirar,  tocar, oír y degustar este mundo tan maravilloso que tenemos y os juro que cuando lo esté haciendo no atenderé a los cantos de sirena del mercado ni escucharé mi móvil, ni leeré los mails, ni estaré preocupado por ningún síndrome de bonito nombre. A holgar durante el estío para venir con la distancia del saber para reinventar mi realidad.

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